La cremación siempre ha sido un tema que genera opiniones encontradas, sobre todo en círculos cristianos más tradicionales. Aunque en muchas culturas se ve como una práctica normal, en el cristianismo ha sido motivo de reflexión e incluso de debate durante siglos.
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En la Biblia no hay una regla clara que diga “no se puede cremar”. Sin embargo, lo más común en la tradición cristiana ha sido el entierro, siguiendo el ejemplo de personajes como Abraham, Jacob y el propio Jesús, quien fue sepultado después de su muerte. Esta preferencia tiene que ver con la creencia en la resurrección del cuerpo, mencionada en pasajes como 1 Corintios 15:42-44. Para muchos creyentes, quemar el cuerpo puede parecer que se está renunciando a esa esperanza.
Durante mucho tiempo, la Iglesia Católica no aceptaba la cremación. Eso cambió en 1963, cuando se permitió, pero con una condición importante: que no se hiciera como una forma de rechazar la fe cristiana. De hecho, el Catecismo dice claramente que está permitida siempre y cuando no contradiga la doctrina.
Por otro lado, algunas iglesias evangélicas y ortodoxas todavía ven la cremación como una práctica que no respeta el cuerpo humano, al que consideran sagrado por ser “templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19). Desde esa perspectiva, optar por la cremación podría interpretarse como una falta de reverencia hacia lo que Dios ha creado.
Pero hay algo importante a tener en cuenta: en la teología cristiana, el pecado no se mide solo por lo que uno hace, sino también por el porqué. Es decir, si alguien elige la cremación por razones económicas o por falta de otra opción, sin que eso implique un rechazo a su fe, muchos teólogos consideran que no hay pecado alguno.
En resumen, la cremación no es vista como un pecado en sí por muchas iglesias hoy en día. Lo importante, como siempre en la fe cristiana, está en la intención del corazón, en el respeto hacia el cuerpo y en la fidelidad a lo que uno cree.